Una ama de llaves descubre un secreto aterrador detrás de la ventana de un motel…

Una niña pequeña siguió a su “nuevo padre” a una habitación, pero algo en el aire la inquietó.
Todo empezó un martes por la noche. Un hombre de unos treinta años llegó con una joven.

Él, vestido con sencillez y cortesía, parecía un hombre tranquilo y familiar. La chica, discreta, no dijo ni una palabra. Se instalaron en la habitación 108, solicitando que las cortinas permanecieran cerradas y que no se hiciera limpieza.

Ángela pensó que no había nada de qué preocuparse… hasta que la misma situación se repetía cada noche. 
El hombre y la niña volvieron a la misma hora, a la misma habitación, y el mismo silencio denso los envolvió. Una noche, Ángela, curiosa y un poco preocupada, preguntó al registrarse: “¿Se quedan mucho tiempo?”. La respuesta, demasiado rápida, la hizo dudar: “Solo estoy de paso”. 
A pesar de las apariencias, el instinto maternal le gritaba que algo andaba mal. Pasaron los días y su preocupación aumentó.
La sexta noche, Ángela no pudo contenerse.

Se deslizó silenciosamente detrás del hotel, cerca de la ventana de la habitación 108. Las cortinas estaban casi cerradas, pero una pequeña abertura le permitía ver movimientos en el interior. Lo que vio a través de esa rendija la estremeció… 

Una ama de llaves descubre un secreto aterrador detrás de la ventana de un motel…

Angela se pegó a la pared del hotel, con el pulso acelerado. Esperaba algo siniestro. Pero la escena que se desarrollaba en la habitación 112 era extrañamente doméstica, casi sutilmente inquietante.

El hombre, Daniel Harper, como se había presentado, estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la alfombra.

Frente a él, había libros de texto y cuadernos abiertos. La chica estaba sentada frente a él, con un lápiz en la mano, escribiendo con furia. Él no la estaba vigilando ni gritando; le estaba dando clases particulares.

Una ama de llaves descubre un secreto aterrador detrás de la ventana de un motel…

Sin embargo, la forma en que se encorvaba y sus hombros rígidos sugerían que ésta no era una sesión de tarea normal.

Ángela se acercó un poco más. Apenas podía oír sus palabras: «Más rápido. Tienes que ser más rápido si quieres alcanzarme». Su voz era baja, pero firme, casi militar. La mano de la chica temblaba mientras intentaba seguirle el ritmo.

El alivio de Angela se mezcló con el temor. ¿Por qué hacían la tarea de noche, en un motel, noche tras noche?

¿Por qué la chica nunca hablaba en público? Angela había visto familias viajando antes, pero esto era diferente. Demasiado rígido. Demasiado reservado.

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