Un joven se casó con una viuda árabe de 70 años sólo por su fortuna; pero la primera noche, cuando fingió estar dormido y abrió ligeramente los ojos, vio algo que lo llenó de genuino terror.

Un joven se casó con una viuda árabe de 70 años sólo por su fortuna; pero la primera noche, cuando fingió estar dormido y abrió ligeramente los ojos, vio algo que lo llenó de genuino terror. 

El joven no se casó con la viuda árabe de 70 años por amor. Sabía perfectamente que, tras su muerte, toda la herencia —una enorme suma de dinero— pasaría a él. Por eso, estaba dispuesto a soportarlo durante algunos años. Sobre todo porque, tras un derrame cerebral, la mujer apenas podía caminar y parecía completamente débil.

La boda se celebró en silencio, sin alegría ni invitados. Vio a la novia por primera vez con un vestido cerrado y un hiyab de seda gruesa. Su rostro permanecía oculto y la mirada baja. Durante todo el tiempo, no pronunció una sola palabra; así era la tradición.

La noche de bodas, los dejaron solos en un amplio dormitorio. El esposo se acomodó en el sofá, se giró hacia la pared y fingió dormir. Ni siquiera quería tocar a la anciana.

Afuera de la ventana, las luces de la ciudad nocturna brillaban. La habitación estaba en silencio. Sintió su presencia, muy cerca.
Después de un rato, ella se levantó lentamente. Abrió ligeramente los ojos, creyendo que no se daría cuenta.

La mujer se acercó al espejo y comenzó a quitarse el hiyab, segura de que su marido estaba dormido.

Y en ese momento, vio algo que lo llenó de absoluto horror…  

Bajo el hiyab se veía un rostro joven. Piel tersa. Rasgos definidos. Ni una sola arruga. Ningún rastro de enfermedad. Una joven estaba frente al espejo.

Lo invadió un verdadero terror. Solo significaba una cosa: no habría herencia.

Era joven. Eso significaba que lo sobreviviría. Y él no podría divorciarse de ella; las tradiciones no lo permitían. Se había atrapado a sí mismo. Ahora estaba destinado a pasar toda su vida con una mujer a la que no amaba, por dinero que nunca recibiría.

Él la miró fijamente, incapaz de apartar la mirada.

Entonces su esposa se giró lentamente. Se acercó al sofá. Se inclinó tanto que él podía sentir su aliento.

Suavemente, casi en un susurro, dijo:

—Sé por qué te casaste conmigo.

Una breve pausa.

— Pero no conseguirás nada.

Ella se enderezó y se alejó tranquilamente, dejándolo tendido en la oscuridad con ese pensamiento.

Esa noche no durmió nada. Y por primera vez, se dio cuenta de que lo más aterrador de esta historia no era el dinero… sino el hecho de que él mismo se había convertido en víctima de su propia avaricia.

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